Yusuk Karsh fue un fotógrafo eminentemente de oficio, sin demasiadas ínfulas de artista. En los años 40 el juego consistía en sobrevivir

Yusuk Karsh fue un fotógrafo eminentemente de oficio, sin demasiadas ínfulas de artista. En los años 40 el juego consistía en sobrevivir. Grandes fotógrafos de aquella época, a los que ahora llamamos maestros eran exactamente lo contrario de lo que hoy más se admira de ellos. Veían la fotografía como un arte, sí, pero un arte al servicio de algo. De un cliente, de un movimiento o de unos ideales. Esta aproximación utilitaria de la fotografía hizo que los fotógrafos de entonces fueran ante todo, grandes conocedores de su oficio. Virtuosos de la fotografía, que en algunos casos, desarrollaron inquietudes artísticas personales.

Justo al revés de lo que vemos hoy tan a menudo, cuando tantos jóvenes y no tan jóvenes artistas se dedican en cuerpo y alma a la fotografía, pero desdeñando deliberadamente la parte del oficio, como si trabajar con un fin más allá de la mera expresión personal fura algo impuro o cutre. Aceptan ser camareros o guardas de parking sin problemas, pero se les caen los anillos enseguida en cuanto piensan en sacarle un rendimiento económico a su arte.

No es la primera vez que señalo estos asuntos. Porque es un pensamiento que tengo a menudo. Quizás sin darme cuenta he pasado de aprendiz a dinosaurio en esto de la fotografía. Reivindico tenazmente el valor del oficio, del saber hacer lo que se hace. Reivindico lo bueno que tiene trabajar para clientes. Levanto la mano para recordar que no sólo no hay nada malo en ello, sino que la historia demuestra que algunas de las mejores obras se han producido precisamente por encargo. La Gioconda, la Capilla Sixtina, Las Meninas, casi toda la obra de Robert Capa, El Padrino… todo piezas de encargo. Piezas que tuvieron que cumplir con compromisos, obras hechas dentro de unos límites muy marcados. Pero precisamente ahí es donde a menudo se ve al artista. Al que es capaz de crear incluso dentro de un terreno pequeño, al que es capaz de marcar gol, rodeado de defensas contrarios.

Hace poco tuve el privilegio de pasar un par de días con Juan de la Cruz Megías, ese genio murciano cuya obra principal, el indefinible “Vivan los novios”, es una colección de imágenes de boda que fluctúan entre el neorrealismo más choricero y el surrealismo alucinatorio. Unas fotos que no se hubieran podido hacer de no haber mediado encargos de por medio. Juan es un gran defensor del fotógrafo de oficio y se pone nervioso cuando se enfrenta a jóvenes pretendidamente artistas que no son capaces de articular un discurso coherente y que además rechazan la fotografia como medio de vida.

Juan de la Cruz Megías y Yusuf Karsh comparten mucho, aunque no lo parezca. Los dos buscan penetrar en la capa no superficial de los sujetos a quienes fotografían. Sujetos que posan voluntariamente para ellos, no siempre conscientes de más que fotografías les están haciendo radiografías

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