A buen seguro que muchos de ustedes estarán al corriente del “affaire” del móvil de Rubalcaba fotografiado por Alberto Cuéllar para El Mundo

Por Eduardo Parra.- A buen seguro que muchos de ustedes estarán al corriente del “affaire” del móvil de Rubalcaba fotografiado por Alberto Cuéllar para El Mundo. Si no es el caso, he aquí un resumen: el líder de la bancada socialista recibe un SMS con información política aparentemente relevante; Cuéllar está al tanto y fotografía la escena; su diario publica esa foto en portada y la Mesa del Congreso se mosquea; se piden informes jurídicos al respecto, y la presencia de los informadores gráficos en la arena del hemiciclo pende de un hilo.

Conste en acta antes de entrar en valoraciones que servidor también ha hecho fotos parecidas (al ya ex presidente Zapatero, sin ir más lejos) y que éstas también han aparecido publicadas en medios de tirada nacional. Sin problemas, por cierto.

En la profesión, especialmente en Madrid, hay estos días un pequeño gran debate. Algunos colegas dicen que esas fotos no se hacen y mucho menos se publican, que es algo privado. Otros opinan que hay que hacerlas y mostrarlas, que se trata de personajes públicos en un lugar público y que la información es relevante. Una tercera corriente apuesta por hacer la foto pero no publicarla, limitándose el medio a utilizarla para completar las noticias con la información que de ella pueda desprenderse.

Se nos considera un incordio por fotografiar
incómodos detalles que sus señorías
preferirían que no se vieran

Para serles sincero, no sé a qué grupo pertenezco. Siempre he dicho -porque mis compañeros así me lo enseñaron- que las fotos se hacen, y luego que el responsable de turno decida si se publican o no. Un fotoperiodista me lo explicaba así: “Tu deber es llevar a tu medio las mejores fotos del tema que cubres.” Razón no le faltaba.

Así lo hicimos muchos, por ejemplo, el 11-M, tomando cientos de fotos que jamás han visto -ni verán- la luz pública. Nosotros fotografiamos, y otros juzgaron si esas fotos eran informativamente relevantes o no.

Según estos razonamientos, la inquietud que pueda tener hoy el colectivo de periodistas gráficos que trabaja en el Congreso no debería existir. La cruda realidad es que el peligro a que uno se quede -y disculpen la expresión- con el culo al aire es notable. Los altos mandos de un periódico se mueven a nivel ministerial, y dejar a los pies de los caballos a un “simple” fotoperiodista es barato precio frente a las entrevistas, exclusivas e informaciones “off the record” que un ministro puede ofrecer.

Todo este embrollo, que puede tener más o menos sentido, no pasaría de ahí si no fuera por nuestra frágil situación en el Congreso. Desde tiempos inmemoriales los fotógrafos hemos sido considerados un incordio por el mero hecho de fotografiar incómodos detalles que sus señorías preferirían que no se vieran: desde la diputada comprando lencería por Internet al mar de escaños vacíos que se atisba fácilmente a primera hora de una sesión de control.

Algunos diputados no nos quieren
en el Congreso y están buscando
una excusa para echarnos

Ya en la epoca de Manuel Marín, presidente del Congreso entre 2004 y 2008, se quiso sustituir a los fotoperiodistas por cámaras robotizadas con control remoto, pero no cuajó la idea. Esta última legislatura José Bono fue más sutil y comenzó por rediseñar las tribunas de fotógrafos para que éstos no tuvieran acceso al centro del hemiciclo. Y la semana pasada el nuevo curso empezaba mal con el episodio del móvil de Rubalcaba y la diputada Celia Villalobos supervisando en pleno debate de investidura la labor de algunos fotoperiodistas.

Algunos diputados no nos quieren en el Congreso y están buscando una excusa para echarnos. Si no es porque vamos mal vestidos, es porque armamos jaleo. Y si no, porque fotografiamos móviles y documentos. El problema es que la línea que separa la información relevante de la irrelevante es tan tenue que podemos ser los propios fotógrafos los que nos estemos colgando la soga al cuello.

¿Era, a fin de cuentas, ese mensaje SMS tan relevante como para armar semejante revuelo? A lo mejor ahí está la clave. Si el texto capturado por la cámara fuera del tipo “Mañana empezamos la guerra nuclear”, nadie se rasgaría las vestiduras. Y ese es el problema, que se ignora el hecho en su esencia y se califica en base a su magnitud. Es como quien dice: ¿mentir está mal? Hombre, si la mentira es pequeña…

Si la información del SMS es relevante, ¿acaso no es ético publicarla? ¿Y quién decide qué es relevante? Ahí quería yo llegar.

El Mundo (Spain)
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